Presente del indicativo del verbo leer. Este tiempo verbal nos indica una acción presente que está sucediendo y desafortunadamente nos indica una realidad: la mayor parte de nuestros adolescentes no lee ni un solo libro al año.
Familias y educadores compartimos un mismo interés: que nuestros hijos o nuestros alumnos disfruten y se apasionen con los libros. Animar a los alumnos a la lectura no es una tarea fácil, la cultura del esfuerzo es un bien poco preciado en nuestros días, teniendo como consecuencia, entre otras cosas, el que para el adolescente sea más sencillo ver un vídeo o mirar la pantalla del ordenador que pasar una tras otra las páginas de un libro.
La lectura es un arma poderosa frente a la ignorancia. La lectura desarrolla la capacidad de imaginar, aviva los sentimientos y, como todo sentimiento, cala muy poco a poco en las personas.
Hay muchas opiniones con respecto a la obligatoriedad de la lectura. Algunos profesores opinan que a leer debe obligarse desde el colegio, pero si pensamos más detenidamente, ¿a qué alumno le divierte hacer ‘la tarea’? ¿Qué alumno disfruta haciendo deberes? Quizás nosotros mismos, desde nuestra posición, estamos induciendo a que la lectura sea una obligación más para el adolescente y, por consiguiente, estamos logrando el objetivo contrario al que nos proponemos.
No se trata de privar al niño de jugar o de hacer deporte para que lea, sino de compaginar todas las actividades
Los centros educativos ponen libros de lectura obligatorios para cada edad, para cada curso, sin pensar a veces en que el alumno de hoy no es el mismo de los años 80 y, sin embargo, los libros en su mayoría siguen siendo los mismos.
Entiendo que si estudiamos en literatura el Siglo de Oro, los alumnos deban leer un libro de esa época, pero, realmente, ¿cuántos alumnos de los que deberían leérselo lo leen de verdad?, ¿Cuántos acuden al resumen que el mencionado libro les proporciona en la contraportada? Y ¿cuántos buscan afanosamente en cualquier página web si existe el vídeo de dicho libro? Al final se han tomado el libro como una tarea de matemáticas o de química, que hay que hacerla cuanto antes para acabarla, leerlo cuanto antes para terminar con esa obligación.
No se trata de privar al niño de jugar o de hacer deporte para que lea, sino de compaginar todas las actividades, cada una tiene su momento.
La Ley actual de Educación hace hincapié en la lectura, pero nada se hace ni se logra sino ponen el empeño adecuado todos los agentes implicados: padres, profesores y los propios alumnos. A las familias, les pediría que lean en familia, que lean periódicos, comics, libros o lo que sea; pero que lean. A los profesores les pediría que los alumnos les vean con libros de lectura, no los obligatorios, sino la lectura por el simple placer de leer. Llevar en la mano un libro de lectura puede ser la chispa que despierte el interés por la lectura de algún adolescente.
A alguna escritora actual le he oído decir que “la sabiduría popular dice que el cuento es la conversación más larga que se puede mantener con un niño, compartamos la lectura con ellos”.